Las cosas inseparables

En algunas ocasiones reflexiono sobre mi condición de empresario. ¿Por qué dí el paso? ¿Estaba en mis cabales cuando lo hice? Y si estoy inspirado, y profundizo un poco más: ¿Siento como un empresario? ¿Pienso como tal? Sinceramente no lo sé y creo que nunca lo sabré. Cuando ando en estas cuitas, al final siempre pienso que es imposible separar la persona del empresario. Como es imposible separar la sal del mar, las puertas giratorias de la política o incluso lo que sería más difícil, a Totti de la Roma.

A nosotros aún nos queda bastante para llegar a ser mayores de edad, empresarialmente hablando. Pero eso no quita para que vayamos adquiriendo uso de razón, conciencia en definitiva. Ojo, empresarial. Y esto no es contradictorio con el párrafo anterior. Todo lo contrario, tiene muchas similitudes. Al menos, en mi caso. Y eso que yo, hace un tiempo, creía que era muy diferente... pero no, como persona, empecé a tomar conciencia de las cosas en función de la intensidad de las collejas que me daba mi madre. Como empresario, en función de la velocidad  a la que disminuía mi inversión inicial sin que hubiese entradas externas que la compensasen. En los dos casos, cualquier ayuda era siempre bienvenida. En los dos casos, cualquier ayuda era siempre una rara avis. Eso sí, si las collejas de mi madre hubiesen cotizado a la Seguridad Social, yo ahora tendría mi pensión de jubilación más que asegurada. Lo cual prueba, dicho sea de paso, que como la protección de una madre no hay nada. ¿El Estado? Pues por mi experiencia, yo creo que el Estado protege poco. He sido demasiado generoso. El Estado protege muy poco. No sólo a los empresarios. A todos en general. Protege poco y exige mucho.

Aún sonrío cuando me acuerdo hablando con la que es hoy mi socia, en una barra de bar, de lo rápido que podíamos dar de alta una empresa en España. Decía una página oficial gubernamental que en 7 días podías realizar todos los trámites. Si alguna duda teníamos, si algún recelo guardábamos, aquello nos ayudó a disiparlo. ¡7 días! Ahí delante teníamos la motivación definitiva, el empujoncito necesario. Que luego digan que no se favorece el emprendimiento. Y lo hicimos. Vaya si lo hicimos. Confiamos. Y nos la dimos. Tardamos más de 2 meses hasta que todos los trámites acabaron. El Estado es como esa cuadrilla de operarios que se comprometen a hacerte una obra en casa en 3 días y 2 meses después no sólo no han terminado, sino que además se comen y se beben lo que tengas en la nevera.

Y porque el Estado quiso, en los 6 primeros meses de vida tuvimos que ir pagando lo siguiente:

- Escrituras ante Notario

- Libros contables

- Impuesto de Actividades Económicas

- Inscripción del nombre de la empresa en el Registro

- Impuesto de Sociedades

- La trimestral del IVA

- La cuota de autónomo de uno de los socios

Algo más se me olvidará, es casi seguro, pero comprended que recordar todo esto me ponga más mala cara que la de un chino con fatiga. Y sí, con estas cosas y otras que algún día referiré, me es difícil deslindar entre lo que siento y pienso como empresario y como ciudadano.

Sin embargo, sería desvirtuar la realidad decir que el Estado no ayuda. Si lo sabremos nosotros que una de nuestras mayores bazas es gestionar las bonificaciones que la FUNDAE ofrece a las empresas por la formación profesional para sus empleados. Eso sí, no penséis que desde el punto de vista estatal la palabra ayuda es sinónimo de "te lo ponemos fácil". ¿Lo pensasteis? Pobres incautos. En el momento actual, y más aún con el curso que están tomando los acontecimientos, las ayudas públicas están llegando a un nivel de exigencia en cuanto a requisitos nunca antes conocido. Así debería haber sido siempre. O quizás no. Quizás no habríamos llegado a este punto si la decencia, la honestidad, la integridad formaran parte inseparable de las personas y de los gobernantes. Vaya, volvemos al principio, a las cosas inseparables. A las que me gustan. A las que te marcan una impronta. A las que queremos ser. Trabajo y seriedad. Experiencia y profesionalidad. Cercanía y diálogo. Escucha y activos. Lo que nos está costando conseguirlo es harina de otro costal. Aunque ahí entra la última de las cosas inseparables que me caracterizan. Cabezón y voluntarioso.

Manuel SánchezComentario