Las rayas y las metas

Cada año se repite la misma historia cuando llegan estos días de final de Mayo y principios de Junio. Celebraciones multitudinarias, baños de masas histéricas que convierten un simple deporte en mucho más que una religión, fuentes públicas convertidas en iconos de unos pocos. Subversión del lenguaje autorizada para todos los públicos. Solo tenemos una meta: ganar. Nos jugamos la vida, no podemos perder. Hay que salir a morir, nos dejaremos la piel. De acuerdo que todas son frases hechas cuyo efecto desaparece cuando el que las pronuncia vuelve de la situación de hipnosis colectiva que envuelve el deporte como fenómeno global. De todo eso, a mí lo que me llama más la atención es lo sencillo que resulta a veces fijarnos metas. Aunque no sean metas individuales, aunque lo sean compartidas, aunque no sepamos ni que es un libre indirecto. Pero metas al fin y al cabo y siempre ambiciosas. Ojalá supiéramos fijarnos metas con la misma seguridad, con todo nuestro empeño y sentimiento en otras facetas de nuestra vida.

Tal vez, en el deporte sea más fácil tenerlas. Puede que sea porque las vemos. Sabemos donde están. Tanto si eres practicante como si eres espectador, la meta la ves. La pintamos. Y no nos complicamos la vida para ello. Pintamos una raya. Algún día alguien hará un monográfico sobre la importancia de las rayas para competir. Gracias lector, sé que pensamos en la misma persona. No, en serio. Con una raya marcamos la meta de los 100 metros libres, la línea de meta de una etapa del Tour de Francia, la línea de meta de un gran premio de Fórmula 1, de Moto GP. Con una raya separamos los campos de juego del pañuelito, al que de pequeño jugaba. No había otro fin que coger el pañuelito y correr hasta la raya a partir de la cual eras libre o no cogerlo y hacer que tu rival cruzara la raya víctima del engaño. Con una raya marcamos la línea de gol. La línea que separa el bien del mal, el fracaso del éxito. La gloria depende de que el balón pase esa raya o el infierno si es la raya de tu portería.

Las rayas no tienen amigos. No las del deporte. Puede que sea porque las vemos. Las rayas son metas y las metas no tienen amigos. ¿O sí? Yo creo que no. Tal y como vivimos y tal y como enseñamos a nuestros hijos todo es lícito para conseguir una meta. Hasta cierto punto, y un punto bastante laxo en mi opinión, en estos casos el fin justifica los medios. Hablo en general, sin desconocer los casos en los que pintamos rayas para disfrutar. Los admiro, pero creo que son menos cada vez.

Cuando las metas no se pintan se diluyen. Puede que sea porque no las vemos. Puede que sea porque no queremos verlas. Porque no sabemos en realidad que queremos. Porque fijarnos metas demasiado ambiciosas las convierte en sueños inalcanzables y porque fijarlas demasiado humildes las convierte en nada. No es sencillo fijarse metas realistas y alcanzables. Deben suponer esfuerzo. No podemos conseguirlas fácilmente.

Deben suponer dedicación, entrenamiento, sacrificio. No podemos conseguirlas sin aprender a andar hacia ellas.

Y así debe ser también en la empresa. Al principio fijate metas modestas, no seas extremadamente ambicioso porque no tendrás una empresa, tendrás un sueño y seguramente después una pesadilla. Esfuérzate aunque la recompensa se resista a aparecer, aprieta los dientes y sigue si es que las fuerzas te acompañan.  Cuando las primeras recompensas se hagan realidad. inviértelas en metas un poquito más ambiciosas. Entrena, entrena mucho. Y no pintes rayas. No te harán falta. La meta de verdad es mejorar un poco más cada vez y disfrutar de lo que haces. Como debería ser en la vida.

Manuel SánchezComentario